Dentro de la programación de actos tradicionales que conforma el núcleo de funciones organizadas durante las fiestas lustrales de la Bajada de la Virgen, las danzas infantiles coreadas constituyen uno de los números más entrañables y genuinos de cuantos se celebran durante la llamada Semana Chica. La ingenuidad de su texto, su melodía pegadiza, su indumentaria y atrezzo, marcados por la presencia de los arcos florales que portan sus intérpretes, y el protagonismo de los niños en la representación cifran la notable afición que las mismas han despertado a lo largo del tiempo.
La presencia de estas danzas infantiles, que constan de una coreografía coral y una parte literaria cantada y/o recitada, se documenta por primera vez en Santa Cruz de La Palma durante la festividad del Corpus Christi, pudiendo citarse, entre otros ejemplares conservados, el Baile «El Salvaje», para la fiesta sacramental de 1726, el Baile de «Señora Inés», destinado a la edición de 1745, el Baile de las Bandoleras, para la de 1751, o el Baile de las «Viruelas», para 1760.
En la Bajada de la Virgen, la evidencia de danzas infantiles se relaciona íntimamente con la puesta en escena del Carro Alegórico. Así, en la cita lustral de 1765, acompañaban al carro 12 niños, colocados a ambos lados, «de dies a doze años, vestidos de blanco todos, a imitazión de la Nieve, cuios ropages se compusieron de belillos y lamas de plata de clarines, con sus cintos primorosos y tocados de lo mismo muy adornados de prendas. Estos hacían los doze atributos de la Virgen, los quales se repartió el que iva en el Carro, poniendo sobre la cabeza de ellos, a uno una palma, a otro un ciprés dorado, como se siguen los atributos». Los mismos respondían a coro una estrofa cantada a cada una de las intervenciones, también poéticas, del personaje principal del carro, la Fama.
Con el tiempo, poco a poco, estas danzas fueron componiéndose ex profeso dentro de las fiestas como número independiente del Carro, integrándose en el programa de actos tradicionales. La temática de la danza era distinta en cada ocasión, repitiéndose a veces también textos y partituras de obras ya estrenadas. Tal ocurre con la Danza de las Mariposas, escrita para la edición lustral de 1895, con letra del poeta satírico y periodista Domingo Carmona Pérez (1854-1906) y música del médico aridanense, científico y compositor Elías Santos Abreu (1856-1937), publicada ese mismo año por la imprenta «La Lealtad», que ha contado con sucesivas exposiciones.
A fin de incrementar el patrimonio literario y musical de la Bajada de la Virgen, para este año se propone el estreno de la obra Danza de las Sirenas, con letra de Elsa López Rodríguez (Santa Isabel de Fernando Poo, Guinea Ecuatorial, 1943) y partitura de Luis Cobiella Cuevas (Santa Cruz de La Palma, 1925). No es ésta la primera vez que Elsa López explora como escritora la Bajada, pues ya en 2000 publicó una serie de poemas dedicados a las fiestas en edición numerada bajo el título A la Virgen de Las Nieves. Asimismo, desde 1990 integra el Jurado del Premio Internacional de Poesía «Ciudad de Santa Cruz de La Palma», proyecto ideado desde Ediciones La Palma y convocado lustralmente por el Patronato Municipal con motivo de las mismas fiestas.
En relación con D. Luis Cobiella, a la vista de que prácticamente ya había cultivado buena parte de los actos musicales y literarios de la Bajada, con especial interés por el Carro Alegórico, el Festival del siglo xviii y, últimamente, por la Danza de Enanos, cuyo ii Premio «Letra y Música» ganó este año en colaboración con D. Luis Ortega Abraham, resultaba interesante que completara su repertorio, invitándosele, así, a componer para la danza coreada.
El tema que inspira la obra se basa en una de las joyas del ajuar de la Virgen de las Nieves, La Sirena, un colgante de oro con esmeraldas engastadas y otras piedras preciosas. El origen de tan singular pieza se halla en la donación que, por disposición testamentaria suscrita en 1779 ante el escribano público Manuel Antonio Salazar, hiciera D.ª María de las Nieves Pinto de Guisla y Vélez de Ontanilla (1702-1793) a sus sobrinos los hermanos Beatriz Antonia (1736-?) y Juan Waldo de Guisla Pinto y Vélez de Ontanilla (1735-1810) «de una cadena de perlas y una sirena de esmeraldas con su clavo de oro», con la condición de que pasara a su descendencia familiar; en caso contrario, la joya habría de ser entregada como ofrenda a la imagen mariana, como en efecto así hubo de ocurrir.